Astrologie Individuelle
(Théorie)

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LA AUTO-CREATIVIDAD DE LOS ASTRÓLOGOS

 El viaje que emprendo aquí en su compañía al país de Urania para explorar la auto-creatividad por la que pasamos, comienza por una reflexión previa: la astrología es una creación del genio humano y es de aquí de donde tenemos que partir: ¿Por qué esta creación, y qué clase de creación es ésta?

 

Sólo se puede responder a este primer interrogante reconstruyendo el saber astrológico. Originalmente, el Hombre pregunta sobre el mundo y se pregunta él mismo, vinculando estas dos interrogantes. Es más fácil captar lo que se ve fuera, que aprehender el propio interior, aunque encontramos en él un punto de apoyo para aclararse uno mismo. Un efecto espejo se convierte así en el fundamento epistemológico de una relación como ésta; el universo devuelve al hombre su propia imagen, en la concepción de una unidad del mundo en el que reina una interdependencia generalizada, la cual se ha convertido cada vez más en una evidencia en todos los medios científicos.

 

Naturalmente, en este terreno ha crecido una fe ingenua,  muy rápidamente cuestionadota del futuro, de la que surgió el arte adivinatorio bajo el estandarte del sombrero puntiagudo estrellado. Esto se parece a una infancia del saber. Incluso si esta percepción no tiene nada de absoluto, provisionalmente al menos, es preferible tener esta práctica como una enfermedad infantil de la astrología de la que es mejor largarse, ya que hay mejores cosas que hacer, abriéndola a su vocación psicológica que la hace acceder a una condición adulta.

 

 

Descubrimos, en efecto, que más allá de esta ingenuidad que cojea de una cierta malicia, se percibe un contenido de base  altamente portador: se trata de una unidad antropo-cosmológica en la que el  Hombre es parte del mundo y éste es inherente a lo humano. En sus Fundamentos y futuro de la astrología (Fayard, 1974), Daniel Verney definió una feliz fórmula de manifestación lingüística de esta unidad, evocando un código que si “permite al hombre  descifrar la realidad,  leer esta escritura que es el mundo, esto sólo puede ser porque el cerebro humano es, él mismo, parte integrante del mundo y está organizado, es decir, escrito, como lo está el mundo, según una cierta estructura universal”.  Allí donde esta unidad es la más viva, donde esta inscripción o escritura del mundo en nosotros es más parlante, es en lo más profundo de la naturaleza humana; se percibe aquí en la raíz de nuestro ser psíquico que habla el lenguaje simbólico por el cual las resonancias de nuestra noche interior nos vinculan y nos reúnen por medio de una participación afectiva con el universo.

 

 

Algo que me ha conducido a decir que finalmente, la Astrología es originalmente una creación de la Psique, o ha salido de ella, n sistema venido del alma humana y dirigido a ella misma; en resumen,  un producto venido de sí mismo y que tiene como objeto el sujeto mismo.

 

Entendemos así en la obra de una auto-creación que se sumerge en el mundo del ser, más precisamente parlante a nivel de las estructuras profundas de la “naturaleza humana”. Por ejemplo, tanto como en su tejido vital ígneo, acuoso, aéreo y terrestre, en sus estados cálidos y fríos, húmedos y secos.  Ahí incluso, también y sobretodo, en su más íntimo tête-à-tête. Leer un tema, es poner luz a ese mundo de las afinidades electivas por las cuales estamos unidos al mundo, en ese lugar de predilección que es “el evangelio” de las correspondencias donde el simbolismo, que parte de la lengua materna del instinto, se reúne para desarrollar la cumbre de su vida espiritual.

 

Naturalmente, la hija y el hijo de Urania debe pasar también por una auto-creación, la asimilación primera del saber por los otros (enseñanza y obras) poniendo sólo un pie en el estribo. De hecho, sin que lo sepa el astrólogo, en el tejido de la astrología, confecciona su propio vestido estrellado, para llegar a componer una identidad de astrólogo a la misma imagen de sus propias astralidades. De todas maneras, estamos destinados a ello, pero, aún es necesario que esta operación tenga éxito.

 

Así que éste es un novelista que comienza inaugurando su obra con una autobiografía, una inclinación natural que lleva al debutante a hacer su propio tratado –lo publique o no-, lo que es una manera de construir su saber personalizándolo, bordando su tapicería o yendo a golpe de castañuelas. Enfoque en el que el valor reposa  en la calidad de su escucha: si es posible, no de una sola escuela que conlleva el riesgo de ser una enseñanza parcial de la que somos prisioneros sin saberlo, sino del conjunto del saber transmitido, su elección personal pudiendo así hacerse posteriormente de la mejor manera.

  

Como la subida silenciosa del jugo al corazón de la planta, la auto-creación es una vivencia astrológica teñida de sí mismo, que sólo se obtiene a través de un trabajo sobre el oficio, elaborando su materia a mano, frotándose con el hecho astrológico en sí, destilándose así el verdadero saber que sólo se debe a un verdadero matrimonio con Urania.

 

Cuanto más interpreta el astrólogo de forma justa –dejándola hablar en un producto perfecto de la sintaxis del lenguaje astral-, más se desdibuja él detrás de la astrología. En esta bella obra, interpretar es un acoplamiento con el mundo en general: en lo individual, es  unirse al ser interpretado, unirse a él en una relación que hace pensar en el vínculo teatral de un autor y de un actor, transmitiendo el primero una palabra que actúa el segundo. Trampolín del saber, la verdadera correlación transmite ese poder de iluminar a la persona arrojando un rayo de luz sobre su mundo desconocido.

 

Y en esta relación está, más o menos, en la obra del “principio antrópico”, en el que el observador se encuentra en su observación, expresándola haciendo cuerpo con lo expresado. Ejemplaridad misma de esta auto-creación que nos sorprende mucho descubrir mucho más tarde que las cosas se hayan desarrollado.

 

Permítanme, por favor, citar algunos casos personales que, con la distancia del tiempo, me han impresionado un poco.

 

Yo nací con una cuádruple conjunción a 11º de orbe, en la que la Luna está delante del Sol, que precede a Júpiter, el cual está delante de Saturno. Es por tanto un conjunto de seis ciclos planetarios que se reorganizan en fila india. Ahora bien, sin haberme dado cuenta que vivía en esto una correlación de la obra, he pasado la mayor parte de mi vida trabajando los ciclos planetarios y las grandes conjunciones, a sacar de su silencio el índice de concentración que nuestro querido Gouchon,  que yo elaboré en índice cíclico, a aplicarme en el estudio de las doriforias que son loas conjunciones de conjunciones, lo que me condujo a exhumar, para finalmente haberla confirmado, la teoría fundamental del Gran Año (que nada tiene que ver con el año precesional de las eras zodiacales) cuya existencia ignoraban mis colegas en esta época. En esta historia, es mi propia concentración planetaria, la más impresionante configuración de mi carta, la que se convirtió en materia astral o el material astrológico que he tratado más en mi vida. Lo cual es una manera de constatar que mi identidad de astrólogo especializado en mundial, se constituyó sobre la imagen de esta configuración personal, ¡tratando configuraciones semejantes a la mía en la historia!

 

De la agrupación de estos seis ciclos nacientes, yo extraigo también otra conclusión de astrólogo: mi gusto por lo que comienza, la base, lo inicial. De ahí mis afinidades con el Aries Jean Carteret cuando, en los años cincuenta, sentimos en común la necesidad de refundir el saber del simbolismo planetario, para sentir mejor la realidad esencial, confrontada a la psicología moderna. Aquí, la fuerza está en extraer una verdad primera, y la debilidad en estar en una perspectiva que se desvanece a medida que se desarrolla la trama de la historia. Mi preocupación es tener la gravedad de las cosas, tenerlas como una verdad en la palma de la mano, me deja tranquilo para no ver nada más, prefiriendo por otro lado los estudios resumidos como croquis, textos previstos en frases cortas, sumarios, pero suficientes a mis ojos.

 

En individual, durante mucho tiempo busqué este valor básico que no preocupaba mucho a mis colegas de la época, excepto a un lejano Choisinard abandonado muy rápidamente. Terminé por encontrarlo en el teclado de lo planetario, asombrado de ver mi ruta solitaria desembocar finalmente sobre la arteria central de la buena tradición antigua, haciendo así florecer –patrimonio cultural que llegó a ser muy preciado para mí- la teoría olvidada de las “firmas”. Interpretar un tema sobre todo volvía a extraer, a través de su tejido planetario, la esencia de una persona, su estilo propio, así como una distribución de esta tela con respecto a su figura interplanetaria. Así se hacía natural volver a la noción tradicional de “regente de natividad”, de “regente de la genitura”, de “dominante” con sus sub-dominantes –poco importa el vocabulario- para una evaluación cuantitativa y cualitativa de las configuraciones, no pudiendo existir la una sin la otra en la búsqueda más sintética que se haga sea cual sea.

 

Es posible también que no sea por azar si yo tengo, una al lado de la otra, una conjunción Sol-Luna y una conjunción Júpiter-Saturno, y que publiqué, uno detrás del otro, en el C.I.A. hace cincuenta años, los dos libros titulados “Júpiter-Saturno” y “Sol-Luna”.

 

Vayamos a los segundos. Desde que la astrología existe, el par Sol-Luna no ha cesado de imponerse en todos los aspectos y por la fuerza misma de una milagrosa proporción de sus dimensiones y distancias respectivas que los igualan visualmente en el eclipse total de uno por el otro. En el comienzo de todo simbolismo, llegan estas luminarias en dúo, tan complementarias e inseparables la una de la otra, como lo son el día y la noche, el hombre y la mujer, el padre y la madre, cada uno siendo a mitad del otro, siendo el todo su punto de reunión. ¿Qué puede haber de más fundamental que esas categorías vitales tan perfecta y magistralmente emparejadas en el simbolismo universal? Ahora pueden ustedes comprenderlo: no se sorprendan ya que con mi propia conjunción de las luminarias, haya defendido estos valores dobles de cara a una verdadera amputación  que han hecho varias escuelas modernas. Una, sin embargo, descansando sobre la cosmografía ha desarticulado este dúo prodigioso en una desintegración  lunar. Otra (ver en mi web: “¿Es necesario suprimir el Sol?”), eclipsando l Sol de su manifestación esencial, sin embargo grandiosa y fundamental, en   el emparejamiento y en el alumbramiento, como lo revelaron recientemente los sondeos estadísticos monumentales de Didier Castille.

 

Ya que les he hablado de Jean Carteret, el auto-análisis de nuestra vida astrológica no es menos ilustrativo. Él y yo publicamos en 1950 en el CIA  un folleto titulado: Analogías de la dialéctica Urano-Neptuno. Ahora bien, encontramos que su Neptuno y mi Urano, en trígono ya el uno con el otro desde Cáncer a Piscis, se encuentran unidos en conjunción topocéntrica, estando el uno y el otro a una decena de grados bajo nuestros ascendentes. Sin ninguna duda que él aportó en este folleto su genio neptuniano, acoplado a mis exigencias uranianas. Los comentarios son innecesarios, pero aquí se puede hacer una observación que ni el ni yo hicimos en su momento…

 

Este reverso del espejo muestra hasta qué punto yo no he cesado, en tanto que astrólogo, de serlo abrazando mis propias configuraciones, evidentemente sin saberlo. Y  hablo sólo de una parte de mis escritos, ahorrándoles el resto…  Así como cada uno se reconstituye simbólicamente en el test que está invitado a construir, el astrólogo se cumple a sí mismo “astrologizando”. Primero es de la manera en que él crea su propia astrología, que la recrea. La Dama Urania se convierte en lo que la hace su astrólogo. Éste la personaliza a su imagen y, a partir de que éste la toma bien y no la traiciona, la formula a su propio valor. Así como el hombre hace su configuración y la configuración hace al hombre, aparentemente la astrología es al astrólogo lo que el astrólogo es a la astrología.

 

Naturalmente, este cara a cara significativo no es el atributo significativo sólo de la gente astrológica. Consagré el número especial 133 de El astrólogo (1º trimestre2001) a los “fundadores de la astronomía moderna”, nuestros grandes astrónomos, precisando que, en sus temas, los cuerpos celestes estaban presentes a la vez como significantes y significados, siendo el objeto al mismo tiempo el sujeto: un tête-à-tête directo de lo semejante entre microcosmos y macrocosmos. Y no es sorprendente que entre otros, el Sol haya tenido el honor entre aquellos que han realizado la revolución heliocéntrica: los temas de Copérnico y de Galileo se superponen en Piscis, lugar de valores de infinito, y los de Tycho-Brahé, Kepler y Newton se superponen en Capricornio, signo de rigor y de abstracción matemática. De tanto en tanto, paseo por mi cuaderno de temas de astrónomos (una centena) para observar encuentros significativos. Por ejemplo, fue Johann Bode quien hizo adoptar el nombre de Urano a Acuario al planeta descubierto por Herschel; ahora bien, este astrónomo tiene al Urano de Acuario en el Medio Cielo y conjunto al Sol. Así como Copérnico tiene su Sol en el Descendente, lugar de asignación de lo que está frente a mí y tiene valor de objeto, es Neptuno (regente del Sol) el que se encuentra allí en el tema de Le Terrier.   Y también el Neptuno de Galle está en oposición a las luminarias, siendo conocido su infortunio neptuniano. Además es significativo que el inventor del espectroheliógrafo, el instrumento fundamental para el estudio del Sol, Henri Deslandres, tiene el astro en su signo y en el Ascendente… En resumen, que los astros sean tratados como sujetos o como objetos no cambia nada en el reflejo que nosotros recibimos de ellos.

 

Es por tanto provechoso retornar hacia uno mismo, entregarse a un auto-análisis para descubrir su identidad astrológica, lo que es una manera de aclararse bajo el desvelamiento de su acto interpretativo. Una manera también de tomar consciencia de su presencia en este ejercicio. Miren, si descifran el genio creador de un artista, ustedes hacen un estudio de ida y vuelta de la obra a través del tema y del tema por la obra, no sin introducir en este movimiento de espejo su presencia, aunque fuera por el estilo de su traducción.  Puede ser también porque este vehículo astrológico les hace pasar intuitivamente por el acto creador del artista, en una comunión de intérprete al intérprete. Ahora bien, en una aventura similar, es bueno pasar por el crisol de su nacimiento personal para ver su propio rostro de astrólogo. Su propia auto-creación pasa por ahí, siempre en un retorno sobre sí. He aquí una ilustración.

 

Bajo el título: “Speculum astrolgiae”, en el nº 51 (3º  trimestre 1980) de El astrólogo, dediqué un estudio a una encuesta estadística de Françoise Gauquelin, consagrado a los textos de diez astrólogos. Apoyándose sobre los resultados anteriores obtenidos con Michel Gauquelin, estableciendo una coexistencia entre planetas angulares y rasgos de carácter, quiso juzgar, esta vez, en un enfoque a contracorriente, si las palabras clave atribuidas por estos autores a los planetas, producían un efecto de angularidad justificativo.   Recuerdo someramente que los 10 autores habían tenido éxito con Marte y Saturno, 9 de entre ellos con Venus, 7 solamente con la Luna, y los otros resultados fueron deficitarios para Júpiter y más aún para los demás planetas.

 

Más allá de la demostración, esta experiencia reveló tener un valor heurístico, ya que es el espejo que se ofrece, en el que el docente puede mirarse para juzgar los resultados. Naturalmente, hay que tomar precauciones en la interpretación. Éstas son las palabras que fueron testadas: “combativo” para llamar la respuesta de Marte, “paciente” la de Saturno… Pero el rasgo de carácter es a la personalidad de un ser lo que la flor o el fruto a la planta; cargado de motivaciones diversas a identificar, hay que remontarse a las raíces para estar seguro de captar en su dinámica trayectoria, la esencia de su tendencia. Lo que no impide, para el que sepa leerlo, este test hable.

 

 Lo que enseña, es cuando el rasgo de carácter desencadena una reacción positiva o negativa de otro planeta que el que le corresponde. Ciertamente, no estamos desorientados al constatar que en 8 de los 10  colegas, las palabras clave de Marte están acompañadas de un déficit lunar significativo, algo que es normal de un rechazo o de un  eclipse que explica el contraste del Fuego y del Agua de los dos astros, el uno rechazando acompañar al otro.

 

Y observamos  un contraste parecido en la dialéctica de las parejas Venus-Marte y Júpiter-Saturno (el análogo de las sobrefrecuencias angulares de los resultados estadísticos anteriores que confirman muy bien las polaridades de estas verdaderas parejas planetarias).

 

Es al margen que cada docente testado puede haber sido cogido en un “error” más o menos significativo. ¿Por qué, por ejemplo, las palabras claves de la Luna han producido un efecto jupiteriano negativo inesperado en 6 astrólogos? Naturalmente, yo me incliné sobre mis propios resultados para comprenderlos. Así, en materia de “error”,  ¿por qué  “mi” Neptuno, que, además del resultado positivo que confirma el valor de mis palabras clave, desencadenó una reacción negativa del par Júpiter-Saturno? La respuesta no se hace esperar: en mi propio tema, Neptuno está en semicuadratura con mi conjunción Júpiter-Saturno. Lo que puede interpretarse fácilmente: mi versión neptuniana acentuó excesivamente el contraste entre la marginalidad-evasión del astro y la rectitud bajo la cual me aparece el clasicismo saturniano; es la impureza de un rsultado por exceso. ¿Por qué, además, “mi” Venus apeló a un clic lunar positivo? Resultado relativamente aceptable dada la similitud de los dos planetas femeninos y afectivos: sin embargo, en una indiferenciación lamentable que puede explicar, probablemente,  la vecindad de un semisextil… Cuando sabemos, por ejemplo, que nuestro estimado colega Charles Vouga tiene una conjunción Neptuno-Plutón en el Fondo del Cielo, no nos sorprendemos que haya neptunizado un poco a Plutón y platonizado a Neptuno, hasta el punto de haber atribuido la regencia de Piscis a Plutón. Ocurre algo similar con la conjunción Sol-Saturno de Alex Ruperti, en cuanto a la relación maltratada Sol-padre…

 

Paro aquí este escrutinio edificante que es revelador de la edificación de nuestro saber. Todos concebimos nuestro simplismo planetario como un valor en sí mismo sobre el cual se ha llegado a una unanimidad: figuración de arquetipos puros, patrones perfectos e inmutables, universales y eternos. En realidad, -y es por ello que he hablado de “mi” Neptuno, de “mi” Venus…-, cada uno de nosotros se hace una representación subjetiva que está moldeada sobre su configuración natal. Esperamos aproximarnos a una fórmula impersonal que sería un canon ideal de la realidad. En verdad, personalizamos nuestro simbolismo planetario, lo travestimos, lo revestimos de los andrajos o de los  oropeles de nuestras configuraciones, alineándonos con nuestro planeta. Es algo que es necesario saber, ya que es la base de una problemática de la interpretación sobre la cual cada uno debe volver en un auto-análisis, para no traicionar al astro en su mensaje o ser traicionado por él. Les aseguro que sería muy interesante descifrar los temas de los astrólogos que han escrito más, a fin de comparar sus configuraciones con sus versiones astrológicas; lo cual sería de gran provecho. Un día, si tengo tiempo, ya veremos…

 

Llego al fin al corazón de la creatividad astrológica que es el centro si no la cumbre de nuestro arte, poniendo en escena la especificidad creadora del homo astrologicus, es decir, la previsión. Entiendo aquí, naturalmente, el principio previsto inherente al ejercicio de nuestro arte, en tanto que plataforma portadora de información tendenciosa en la guarida temporal, ya que conocemos con antelación el curso de los astros. Al ejemplo de mi experimentación prevista de la conjunción Sol-Júpiter, sin duda bajo la inspiración de la mía.

 

Creativa, la previsión lo es por esencia, ya que, generalmente, el futuro es el agujero negro más total. Dando acceso a un más allá desconocido, ésta parte a menudo de una nada para engendrar –la palabra no está de más- la información que da sentido a un mañana en estado de desvelamiento. He dicho ya por mi parte, cuando me entregaba a la previsión mundial, sobre todo a largo plazo, que me sentía, cada vez, como el rey desnudo de un saber con el contador a cero, por el hecho de encontrarme al borde de una pantalla en blanco del futuro, mi “toma de futuro”, siendo un salto inédito en lo desconocido absoluto,   ya que había siempre una constelación diferente delante de mis ojos. Prever da la impresión de un vacío que se llena de nuestro conocimiento portador de futuro, o de una oscuridad que ilumina poco a poco, hasta percibir un final del camino delante de nosotros.

 

 

Yo sé bien que, aquí también, cada uno puede tener su configuración disuasoria, lo que es respetable. Lo que no impide que no sea deseable que la práctica astrológica se atenga al ejercicio de interpretación psicológica, de fondo plana, estática. Ya que podemos hacerlo mejor. El intérprete no debe eludir el esfuerzo previsto que, por otro lado prolonga este ejercicio, tejiéndose el pronóstico en la tela psicológica de la persona, así captado en vivo en la duración percibida cinéticamente, en la trama del tiempo. En todo caso, me dirijo a quien se detiene a las puertas de la previsión sin entrar. Hay que frecuentar, con toda dignidad, este alto lugar que es como el fruto más sabroso de nuestro árbol del conocimiento. Antes de conseguir su operación, equivóquense, incluso varias veces: aprenderán así algo de sus errores enriqueciendo su saber, lo que les permitirá tener éxito más tarde. Para terminar, dense esta recompensa que es el más bello hecho astrológico. ¡Ánimo!

 

(Congreso de astrología Sep Hermès, 9 de abril de 2005)

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